Mañana por la noche se cumplirá una semana. Sí, hace ya casi siete días que la palabra "influenza" comenzó a tomar un nuevo sentido en la vida de los mexicanos. Hemos sobrevivido sin problema a la gripe aviar, al SARS, a la crisis económica, a la ausencia de la selección en los juegos olímpicos y hasta a Sven-Göran Eriksson. Nos creíamos fuertes... hasta hace casi siete días.
Hoy la gente tiene miedo. Trata de no salir de sus casas, de minimizar contacto con otras personas y de aislarse tanto como le sea posible. Parecería que la leche de los chamacos dejó de ser artículo indispensable en el refri; lo que ahora importa es tener a la mano -por así decirlo- un buen tapabocas aunque tenga ya varios días de uso y huela medio feo. Lo importante es tenerlo, aunque lo portemos en el cuello como si quisiéramos calentarnos la garganta: de cualquier forma nos hace ver cool y nos permite identificarnos como miembros legítimos de la paranoia colectiva que hoy es ya parte de nuestra identidad nacional.
No nos confundamos. Sin duda la influenza porcina (o gripe porcina, o influenza mexicana, o A/H1N1, o como quieran referirse a esta situación) es algo para tenerse en cuenta y tomar medidas al respecto. Pero no permitamos que se convierta en el centro de nuestras vidas... hoy por hoy es mucho mayor la probabilidad de que a un conductor le roben su coche que la de contagiarse de influenza, con o sin tapabocas.
Quizá el tapabocas que debemos conseguir sea el psicológico: aquel que nos haga cerrar la boca cada vez que sintamos aquel impulso carcomiente, casi desgarrante y difícil de someter que continuamente nos lleva a decir burradas. La influenza no es un arma química. La influenza no es un ataque intergaláctico. La influenza no es una cortina de humo para ocultar algo terrible como que Felipe Caledrón vendió el país o algo así. La influenza no es un método de manipulación para que los gringos "nos salven" con una vacuna sorpresivamente sacada de la manga, la cual nos será facilitada a cambio del petróleo nacional. La influenza no es un castigo divino. La influenza no es un mecanismo de manipulación. La influenza no es un experimento militar. La influenza no es una estrategia de sindicatos para fortalecer negociaciones. La influenza no es un ardid para reactivar la industria farmacéutica ni las instituciones de salud. La influenza no es una metodología para afianzar políticos en puestos actuales, ni un novedoso método de pezca de huesos para el próximo sexenio. La influenza tampoco es una banda de rock, al menos hasta hoy.
Así que dejémonos de andar esparciendo ideas extrañas. Esa quizá sea la verdadera infección: la causada en un pueblo fanático de las historias fantásticas. Mejor comencemos a tomar medidas realmente útiles y continuemos dentro de lo posible con nuestras actividades. Y quien de plano no pueda contenerse de decir tonterías, que mejor ponga su blog ;-)
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